lunes, 6 de febrero de 2012

Los árbitros no son jueces

Las últimas jornadas y eliminatorias de Liga y Copa han vuelto a colocar a los colegiados en el disparadero. El eterno debate sobre las tecnologías vuelve a surgir para que el fútbol en la medida de lo posible sea más justo. Nadie se ha puesto en el pellejo del árbitro. Ellos también son deportistas.


El problema del arbitraje no se ciñe a este o tal equipo/partido. Es mucho más profundo. En todos los encuentros de todas las categorías de todos los países ocurren errores arbitrales. Es inevitable. Cuando esos errores se producen sobre los equipos más punteros y en las competiciones más prestigiosas pasan a convertirse en escándalo. Los altavoces son más potentes. Amplios debates en los medios, artículos de opinión, portadas y declaraciones se suceden los días posteriores a cada jornada. Es la salsa del fútbol, dicen muchos. Los colegiados -el equipo arbitral al completo- están indefensos a la hora de tomar decisiones en uno o dos segundos. Ellos tienen un único plano, pudiendo estar tapados en ocasiones por algún futbolista. Muchas de las jugadas que suscitan la polémica las vemos a través de las cámaras de televisión en diferentes tomas varias veces cada una, para posteriormente exclamar el tan común "que malos son los árbitros". Al árbitro se le empieza a presionar desde días antes a la fecha del encuentro, con estadísticas y recuerdos sobre este o aquel club. La masa social absorbe toda la información y sigue a su equipo por televisión o en los estadios con el prejuicio de que en las jugadas controvertidas que se produzcan el colegiado les va a perjudicar.

Por suerte, los colegiados en la mayoría de los casos cuando incurren en errores es por falta de recursos y no de personalidad. La personalidad la forjan desde antes de llegar al fútbol profesional. En categorías inferiores algunos temen por su integridad física, desgraciadamente porque se han dado muchos episodios hayan visto la luz pública o no. Cuando llegan a la élite la presión es psicológica. La figura del árbitro está muy deteriorada. Una actividad tan bonita como poder contemplar de cerca las jugadas de las figuras del fútbol mundial se convierte casi en un asunto de vida o muerte. Convivir con eso debe de ser complicado. En las jugadas dudosas decidan lo que decidan estarán mal vistos. Que en los estadios les llamen hijo de las cuatro letras, los abucheen y se acuerden de todo su árbol genealógico -mientras no les agredan con algún objeto- se considera hasta normal. En el Nuevo Los Cármenes un objeto alcanzó al asistente. Salió reflejado en todos los medios. Las agresiones psicológicas sin embargo forman parte de la cotidianidad. Son personas, con sus problemas, con sus días mejores y sus días peores, y casi que se les trata como una lacra del fútbol. Llega un momento en que algunos colegiados no aguantan la presión, quizás por problemas personales que sumados al desprecio que sufre su figura en relación con el arbitraje les llevan a cometer alguna tragedia. Es el caso del árbitro alemán Babak Rafati (en la imagen) que intentó suicidarse por la presión a la que es sometido.

Los árbitros no son jueces del Poder Judicial, como se les tiende a valorar equivocadamente relacionando y comparando sus actuaciones con otras similares de la vida cotidiana fuera del deporte. Los jueces o magistrados en la justicia ordinaria escuchan o reciben las alegaciones, estudian las pruebas y atienden la formulación de conclusiones de cada una de las partes. Al cabo de días, semanas o meses dictan sentencia, después de haber estudiado detenidamente todo lo relacionado con el asunto en cuestión. Sin embargo el árbitro de fútbol debe decidir en un instante. El árbitro es un deportista, mal tratado socialmente, pero deportista al fin y al cabo con sus errores y sus aciertos como cualquiera de los 22 a 28 jugadores que participan en un partido de fútbol. Esa visión del colegiado no ha llegado a calar.

El fútbol necesita modernizarse, para evitar que los colegiados estén permanentemente en la diana y sobre todo para que los miles - millones de aficionados de cada club y cada país dejen de lamentar las injusticias del deporte. Hay mucho dinero en juego en cada competición y es triste que en demasiadas ocasiones un partido o competición la gane, pero sobre todo la pierda un equipo por un error arbitral. Perder frustra, pero cuando se pierde con errores arbitrales la frustación se multiplica. El grado máximo del problema suele venir cada cuatro años en la Copa del Mundo, donde un error arbitral puede dar al traste con los sueños y las ilusiones de todo un país. Así en el pasado Mundial de Sudáfrica en un mismo día en la ronda de Octavos de Final se produjeron dos jugadas que hicieron tambalearse los cimientos del fútbol. El primer gol de Argentina anotado por Tévez en claro fuera de juego (ver imagen) en el Argentina - México (encuentro dirigido por el italiano Roberto Rosetti), y el posible empate de Inglaterra merced a un gol fantasma de Lampard (ver imagen) que botó dentro de la línea de gol ante Alemania (encuentro dirigido por el uruguayo José Larrionda). Las razones que se esgrimen por parte de los máximos organismos futbolísticos es que se perdería parte de la esencia del deporte. Un deporte con más de cien años de historia pero que va a remolque de la sociedad y el progreso. La esencia del deporte debería de basarse en la frase hecha "que gane el mejor", que lo haga en el partido de turno se sobreentiende. Es probable que los medios de comunicación de todo el mundo también pierdan parte de seguimiento si hubiera una estructura arbitral más justa. El escándalo vende, y no solo vende, sino que hace que el fútbol se retroalimente a sí mismo al haber tantas noticias que matizan los errores del equipo que ha perdido o indignan a los aficionados del equipo que ha ganado.

El fútbol trata de manterse inalterable en la medida de lo posible pero llega un momento en el que un deporte tan profesionalizado no puede aceptar decisiones que cambian la vida de un club (hoy día muchísimos son empresas) como errores humanos. Hay que tratar de minimizar esos errores humanos dotando al equipo arbitral de los avances tecnológicos que se precisen. Los detractores de estos avances a su vez argumentan que el fútbol no es como el baloncesto donde el juego se interrumpe con muchas más frecuencia. Tampoco tiene porqué ser así. Con un circuito de televisión cerrado y un cuarto, quinto, o sexto árbitro conectados al colegiado de la contienda se detendría el encuentro en contadas ocasiones. Algo así como el ojo de halcón del tenis, aunque no tiene porque exhibirse en los videomarcadores. En el tenis, en los torneos más importantes que no se juegan sobre tierra batida cada tenista tiene tres challenges de error para solicitar el ojo de halcón en cada set, con uno adicional en caso de tie break. Jueces de silla como el sueco de origen marroquí Mohamed Lahyani (en la imagen) o el brasileño Carlos Bernardes son recibidos en las pistas de tenis con aplausos. Es evidente que se trata de otro deporte, otra cultura, otra mentalidad. Pero también es cierto que si los aficionados al tenis pensaran que un partido se puede decidir por un cúmulo de errores arbitrales estos señores no tendrían tanto carisma. El mismo tiempo que se tarda en ver la jugada repetida es el que tarda una tángana en el fútbol con reparto de tarjetas incluido por una jugada polémica. Incluso un deporte igual de tradicional que el  fútbol como es el rugby ha decidido apostar por la tecnología para reducir la polémica en torno a su deporte. Todo aficionado tiene en mente jugadas o partidos en los que su equipo ha salido perjudicado, olvidando las que le han beneficiado. La tecnología y la justicia deportiva beneficiaría al fair play, al espectáculo, a la imagen de los colegiados, convertiría al fútbol en un deporte mucho más puro y pulcro evitando sospechas sin fundamento y sobre todo, reduciría la violencia y los debates subidos de tono estériles entre aficiones.

Foto principal: Árbitros entrenando en el Sardinero (realracingclub.es)

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